
Dentro del variado mosaico de tipos no faltaba el hombre que montaba a caballo, ya fuera el vaquero o el arriero. Estos vestían camisa y calzón blanco, a veces con chaleco de gamuza o pana, otros con una “cotona” — chaqueta cerrada — que con el tiempo llegó a ser nada más una tira angosta; los pantalones eran anchos, con vistosa botanadura en los costados; añadian la taja, el sombrero y las botas, y sobre un hombro llevaban un magnífico sarape. Los ricos hacendados, dueños de amplias extensiones de tierra, usaban, además, una especie de polainas abiertas, llamadas mitazas, con bordados de hilos de seda, amarradas debajo de las rodillas, y sustituían el sarape con la manga, que era una prenda de pana de bordes redondeados, adornada con bordados y galones de hilos de seda o de oro.

El caballo impresionó profundamente a los indígenas en el siglo XVI cuando contemplaron el espectáculo, inusitado para ellos, de los españoles que cabalgaban sobre sus lomos. Desde entonces el caballo siempre ha tenido un papel importante en la vida mexicana, tanto para las faenas del campo, como para el manejo del ganado y arriería, así como también en todas las guerras que ha librado el país. De estos antecedentes surgió a fines del siglo pasado la charrería profesional, en forma de asociaciones de deportistas que organizan espectáculos y competencias, en las que lucen suertes muy peculiares, únicas en el mundo. La charrería es un deporte elegante, costoso por los lujosos atavíos del charro y los caballos finos.
La indumentaria usada por los charros se deriva, por una parte, de las prendas de los aldeanos españoles de varias provincias, las cuales evolucionaron a través de los siglos, y por otra de las necesidades peculiares del vestir del campesino mexicano, por lo cual constituye un estilo muy particular, en el que difícilmente se reconocen sus orígenes. Ya en el siglo pasado el vestido del charro era muy singular y actualmente hay no uno sino varios vestidos, cuyas diferencias constituyen estilos regionales.
Cada modalidad local posee, a su vez, el traje de faena, de media gala y de gala. El uso de estos trajes se encuentra reglamentado según el tipo de trabajo que va desempeñar el charro en cada ocasión. Además existe el traje de etiqueta, o ceremonia, que no se usa para montar a caballo, es muy sobrio, de color negro y tiene una botonadura de plata. Se dice que fue introducido por el archiduque Maximiliano, quien fue un gran admirador de la charrería.
El vestido del charro profesional de nuestros días consta en términos generales de una camisa blanca y una corbata de mariposa, hecha de seda; chaqueta de cuero o pana; la de faena se usa lisa; las de otras categorías van adornadas con bordados de hilos metálicos, hilos de seda o aplicaciones de gamuza. En ocasiones, además de la chaqueta se usa un chaleco que hace juego. Los pantalones son ajustados, hechos de gamuza, jerga o paño; para el traje de gala se adornan profusamente con botonaduras de plata o bordados. Encima de los pantalones se emplean chaparreras de cuero, las cuales se abrochan con botones de variados materiales. Las chaparreras se llaman chivarras cuando son de piel que conserva el pelo del animal. El charro lleva un sombrero especial, de copa alta y ala ancha, hecho de fieltro, paja o palma y profusamente adornado para el traje de gala.
El traje se acompleta con botas o zapatos, espuelas de hierro pavonado y plata, y un sarape de Saltillo o más frecuentemente de Santa Ana Chiautempan. El equipo del charro está formado por la silla de montar, los herrajes y otros accesorios, y cuesta una verdadera fortuna por la profusión de piezas de plata martillada, el cuero piteado —bordado con fibra de pita— chomiteado —adornado con cordones de lana y cerda—, o adornado en otra forma. En cada presentación que hace el charro, los adornos del traje deben hacer juego con los de la silla y, además, deben estar de acuerdo con la ocasión y el tipo de suerte que vaya a ejercitar.
La Federación Nacional de Charros vigila por la autenticidad de la indumentaria y los accesorios. A esto se debe que la degeneración del traje de los charros cantores y los sombreros que se hacen para los turistas no afecten al charro aristocrático.
Ruth D. Lechuga, El traje indígena de México, 1982
